La labor del periodista es agria como pocas y no descubro nada a nadie, y menos aquí, en el “periódico de los periodistas”. Se entiende que surjan enconos, envidias, desgarros anímicos y ganas de dejarlo todo, hasta que uno va y lo deja. Porque la función del periodista es no ser nada. “Contar historias”, dicen los cursis perpetuos, y una merde, las historias las cuentan los guionistas, otro colectivo puteado do los haya. Si algo debe hacer un buen periodista es dar la materia para que alguien se monte su propia historia, su propia película a lo Truman Capote con A sangre fría. (Y otra cosa es que algún periódico se invente terroríficos folletines, y sabe todo el mundo a cual me refiero.)
Los periodistas conocen a mucha gente interesante, sí qué pasada, actrices, cocineros, inventoras de insólitos cubos de fregona, líderes de partidos políticos apolíticos, miembros de asociaciones en defensa del individualismo atroz, saltadoras de pértiga lituanas y domadores de leones vegetarianos. Gente que hace cosas, que investiga, que aprende, que suma y sigue, que genera. Como nos dijo un politicacho cuyo nombre no recuerdo, el verano pasado en El Escorial, “gente con un trabajo de verdad”. Un cretino integral, al que el periodista tiene que tender el micro y tragarse su vómito declarativo, materia prima del becario feliz, que al día siguiente lo es un poco menos.
Desde mi retiro insular se ve con más nitidez lo absurdo de una profesión (masificada como pocas) en la que como afirmaba el jefe de local de El Correo, Óscar Villasante, “un buen periodista no debe saber de nada”. Pues vaya. Absurda, sí, porque desde que el hombre empezó a andar erecto (y luego de pie) y se echó unas pieles encima, siempre ha hecho cosas, se ha tecnificado, se ha superado a sí mismo: cazar, saquear países ignotos, construir catedrales, construir mezquitas, comerciar con especias, abrir tabernones, diseñar diligencias, producir tipos para imprentas, capitanear fragatas. También pintar capillas sixtinas, descubrir vacunas contra la tuberculosis y pastorear ovejas. El periodista, ese que no sabe de nada, el no especializado, se emociona al principio al tener el mundo a sus pies, al sentirse Dios con una grabadora Panasonic en el bolsillo. Es bonito, hasta que uno se cansa de ser deidad y envidia al resto de los mortales, pecadores despreocupados, con sus cosas, sus asuntos, sus líos. Entonces llega esa frase que se instala en el lenguaje quasi diario, la de "quiero cambiar". Pero ya es tarde para grandes cambios, y lo máximo que se consigue es imprimir un curriculum y enviarlo a otro medio, engordando el bolón de la desazón vital. Quizá entonces te dé por montar un grupo de rock, si al menos sabes tocar la guitarra...